Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era joven, los Dioses dieron a algunos hombres el poder de hablar con los animales y demás criaturas de la naturaleza. Aún hoy, los magos que conservan la pureza de aquel espíritu, son capaces de decifrar nuestro destino en el rugido de las olas, el crepitar del fuego, el zumbido de los inceptos o el baile de la luna con el sol.